viernes, 10 de septiembre de 2010

París

Sentía el humo de la repisa, el cable del tocadiscos rodeándome el cuello y ella estirando con fuerza. La había conocido en el barrio de Ruzafa, en la vieja París. Yo acababa de recoger un libro y cuando oyó el título, me buscó a la salida. Buscó conversación y acabamos tomando un café. Me hablaba de tiros y música, de odio, de rabia e inconformidad. Le tiraba Quique, lo poco conocido y el buen soul. Durante horas habló de todo, incluimos cartas, escritos, poetas y cepillo de dientes en el mueble de baño. Yo, acabé cenando en su casa de la forma más inverosímil posible, me había convencido de que tenía buena mano para cocinar, y que nada tenía que ver follar con el amor. Se quitó las botas mientras yo hacía la cena, la cocina estaba ardiendo y ya estaba bajando por la cremallera de su falda. Los platos en la mesa, y luego quería bailar, y si bailaba, no le dejaría ir demasiado deprisa, con la boca decía. Me prohibía a mi otra mano. Se escondía bajo las sabanas, y siempre la encontraba en el fondo de su armario, bajo blusas y ropa interior. Así pasaron los días y los meses, días tras otros entre manías inservibles que le hacían sentir a salvo. Nos vimos varias veces más, nos mandábamos mensajes cortos que nos inflaban las ganas. Siempre nos veíamos entre semana, y le sacábamos brillo a los días sin luz escuchando los 80, mientras follábamos sin pensar en la comida. Habíamos perdido las costumbres. Al final, acabé ahogado en la botella de mis desperdicios, y necesitaba evadirme. Llegó el domingo, y ya quería que fuera viernes.

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