miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mi dama ardiente

En cierto modo, siempre supe que llegaría, como llega la primavera. Pasaban mis días más oscuros, y con ellos aumentaba mi dolor por su ausencia. Echaba en falta su amor incondicional hacia mí, su dulzura, su alegría ante cualquier adversidad, añoraba sus llamativos ojos azules, pero sobre todo, extrañaba su apoyo categórico. De cierta manera, todo esto lo empezó ella, recuerdo sus palabras como si hubieran sido ayer, y de esto, hace ya mucho tiempo;

- Lo siento, me duele no hacerlo, pero ya hay demasiada gente en esto.

-Pero tú tienes más talento que cualquiera de ellos, eres único, podrías conquistar a quien quisieses si te lo propusieras.

-Yo creo que solo crees en mi porque me amas y sobrevaloras demasiado.

-Sabes? Creo que no te quieres, que no crees en ti, yo creo en ti y sé que vales lo que te estoy diciendo. Inténtalo, solo inténtalo y déjate llevar.

-Tal vez tengas razón, y tenga que intentarlo. Sabes? Quizás, algún día hable de todo esto, y la gente no me crea.

Ella era ardiente, creía en mí como nadie jamás lo ha hecho. Podría abrir mi ático con un susurro, y contestaría un simple gemido. Las llaves se fueron con ella, el candado se cerró, y se oxidó lentamente, para no abrirse nunca más.

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